Llegada la noche, las sombras hablan

 Animales


Una de las cosas que uno siempre debe tener en cuenta al momento de tener una granja es el hecho de encerrar bien a los animales.

Hay muchas razones para esto. Por ejemplo: Los animales pueden ir por ahí a sus anchas y de repente intentar salir por las cercas con alambre de púas. Si te das cuenta a tiempo solo tendrás que lidiar con la posible infección que las heridas puedan causar.

Si no hay suerte, puede que pierdas a uno de tus animales. Recuerdo bien que hace un par de años una de mis chivas se salió de la cerca. La encontré después de tres días a un par de kilómetros, había sido asesinada por algún coyote u otro animal que merodeara por la zona. Quedaban los huesos manchados de sangre y un poco de carne en ellos.

Otra de las razones por las que debes encerrar bien a los animales son los ladrones potenciales. En mi caso, mis vecinos viven a varios kilómetros de distancia de mis terrenos y me llevo muy bien con ellos a pesar de la distancia que nos separa, pero siempre está bien ser precavido.

La otra razón es más personal. Me refiero a la seguridad. Verán, los animales llegan a tener un comportamiento diferente durante la noche. En el día mis animales son bastante tranquilos, rara vez me han causado problemas. Como aquella vez que uno de mis caballos tiro de su espalda a uno de mis sobrinos cuando había venido de visita. Mi sobrino lo estaba molestando, jalándole las orejas, mientras estaba montado en él, el caballo no hizo más que tratar de quitarse una «molestia de encima» literalmente. Mi sobrino se disloco el hombro, nada grave como romperse un brazo, pero lo suficientemente grave como para que mi hermano decidiese alargar el tiempo entre visita y visita.

Así que la cosa es sencilla, aliméntalos, cuídalos y no los molestes y ellos no morderán la mano que les da de comer, un buen trato a cambio de lo que producen y el trabajo que realizan en la granja. Claro está que esto solo funciona durante el día. Cuando cae la noche se tiene que agregar una regla más: Mantelos bien encerrados y atados, asegúrate de que no muerdan esa mano; tu mano.

Quizás pienses que no tiene nada de malo dejarlos a fuera, mientras estén dentro de su corral y si, a diferencia mía, tienes cercas altas con tablones, puede que no tengas que preocuparte de perder un animal o de que salga herido. Pero recuerda, esto va de seguridad personal, no de su seguridad. Puede que no lo notes los primeros días, los verás a través de tus ventanas totalmente quietos en su lugar, algunos de ellos estarán de pie, sin moverse, con la mirada siempre puesta en tu casa hasta que de un momento a otro te das cuenta de que en verdad tienen la mirada puesta en ti. Otros estarán acostados, intentando parecer dormidos, pero si prestas un poco de atención te darás cuenta de que también te están observando.

Yo no lo note hasta hace un poco mientras tomaba un vaso de limonada, sentado en la silla del porche de la casa, después de un largo día de trabajo. Sin embargo, lo tome como una peculiaridad de la «estupidez» innata de los animales de granja. Después de eso solía echar un vistazo por la ventana de mi cuarto, en el segundo piso de la casa, antes de irme a dormir. Si mi exmujer viviera aún conmigo seguramente que me habría dado la lata sobre el asunto; insistiéndome que vendiéramos la granja y con el dinero nos mudáramos a la ciudad. Siempre buscando una excusa para alejar a un hombre de campo de su propiedad y de sus tierras. Con lo que les voy a contar ahora, seguramente me hubiese tomado sus palabras un poco más en serio, vamos, que me habría puesto a considerar las cosas, pero un hombre de campo pertenece a sus tierras tanto como ellas le pertenecen a él.

Lo «raro», por llamarlo de algún modo, sucedió un día de esos en que los días son cortos y las noches largas, el sol iba desapareciendo en el horizonte dejando caer sus últimos rayos de luz sobre el maíz, los animales se iban colocando en sus lugares habituales para pasar la noche, podría haber encerrado a las vacas en el granero dentro de sus habitáculos, pero esa noche me dije que pasaría del asunto. Una noche fuera no les haría ningún daño a los tontos animales, seguro que hasta les viene bien respirar algo de aire fresco de vez en cuando y no ese aroma pestilente del granero, pensé. Recuerdo haber asentido satisfecho por mi razonamiento y, antes de irme a casa, echarles un último vistazo.

Me miraban.

Todos y cada uno de ellos me miraba sin apartar sus estúpidos ojos de mi persona...

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